Una historia sobre crecer bajo los focos, romper con las expectativas y encontrar la propia voz en un mundo que premia las apariencias.

Bajo el neón, el abismo
Juan Avellaneda no escribe como quien quiere hacer literatura. Escribe como quien necesita escapar. Flashing Lights (Espasa, 2024), su debut narrativo, es una novela de huida hacia delante, una confesión con tacones, un thriller emocional disfrazado de desfile de pasarela. Aunque su autor es conocido en el ámbito de la moda, la televisión y el diseño, este libro demuestra que su mirada no se limita al vestuario: lo que aquí se despliega es un retrato feroz de las relaciones contemporáneas, de las heridas de la infancia, del sexo como territorio y del éxito como espejismo.
A medio camino entre el monólogo existencial y la autoficción con perfume de club nocturno, Flashing Lights no pretende dar lecciones. Pretende hablar claro. Su lenguaje es directo, su estructura fragmentaria, su tono a ratos furioso, a ratos melancólico. Y en esa mezcla reside su autenticidad: es un libro imperfecto, pero con alma. Un grito envuelto en terciopelo.
Un protagonista a la fuga
El protagonista —que no tiene nombre, pero que se parece mucho al autor— se encuentra en una encrucijada emocional. Vive en un mundo de lujo, de cuerpos esculpidos, de relaciones instantáneas y placeres efímeros. Pero bajo esa superficie de brillo hay un vacío que lo devora. Acaba de terminar una relación. Acaba de enfrentarse con sus padres. Acaba de mirar a su alrededor y descubrir que nada de lo que tiene le sirve para entender quién es.
Desde esa conciencia fracturada, emprende un viaje. Un viaje sin dirección clara, que lo lleva por ciudades, camas, recuerdos y conversaciones truncadas. El texto avanza como lo haría una noche de fiesta: entre luces estroboscópicas, euforia artificial y bajones abruptos. Hay sexo, hay drogas, hay vuelos low cost, hay mensajes no respondidos. Pero sobre todo hay un deseo desesperado de encontrar algo que parezca verdad.
Forma fragmentaria: escribir como quien postea
La novela no tiene una estructura convencional. No hay capítulos al uso, ni una progresión dramática clara. Lo que hay son fragmentos: escenas breves, pensamientos sueltos, recuerdos de infancia, diálogos con exparejas, mensajes de voz transcritos. El estilo recuerda al scrolling de Instagram: imágenes que se suceden, emociones que cambian de pantalla en pantalla. Pero no se trata de una pose generacional. Se trata de una forma coherente con el contenido.
Porque Flashing Lights no quiere contar una historia cerrada. Quiere capturar un estado mental. Un estar en el mundo. Un modo de vivir marcado por la inmediatez, por la fugacidad, por la hiperconexión que no evita la soledad. En ese sentido, se sitúa en una línea que va desde El fin de la historia de Lydia Davis hasta Trilogía de Nueva York de Paul Auster, pasando por la narrativa queer de Ocean Vuong o las memorias de Édouard Louis.
El cuerpo como campo de batalla
Uno de los temas centrales de la novela es el cuerpo. El cuerpo como capital, como obsesión, como refugio, como enemigo. El protagonista vive pendiente de su físico, pero no por vanidad, sino por miedo. Miedo a no ser deseado. Miedo a no encajar. Miedo a que el espejo confirme lo que lleva dentro: que se siente roto.
El relato está plagado de referencias al culto al cuerpo, a la dictadura de la imagen, a la presión estética del mundo gay. No hay victimismo, pero sí una conciencia crítica. El personaje describe sus visitas al gimnasio, sus encuentros sexuales, sus selfies, sus retoques estéticos con un tono que oscila entre la ironía y la desesperación. El cuerpo, aquí, no es un templo. Es una armadura.
En varios pasajes, el narrador recuerda su adolescencia: la mirada paterna que lo juzgaba, el silencio materno, los primeros rechazos, la culpa interiorizada. Hay dolor, pero también hay resistencia. Hay una voluntad de nombrar lo que antes se callaba. En eso, el texto se convierte en una forma de reparación.
El amor líquido, el sexo como moneda
Las relaciones afectivas en Flashing Lights son breves, intensas, muchas veces destructivas. Hay citas por apps, sexo rápido, vínculos que duran una noche o unos días. Pero el narrador no se limita a describir el consumo afectivo: lo interroga. ¿Qué buscamos realmente cuando deslizamos el dedo? ¿Qué significa follar con alguien que no sabemos si recordaremos mañana? ¿Dónde empieza la intimidad en un mundo donde todo se comparte?
Avellaneda evita el moralismo. No condena el sexo casual ni la promiscuidad. Pero tampoco los idealiza. Lo que muestra es la paradoja: cómo se puede estar rodeado de cuerpos y sentirse solo. Cómo el deseo puede ser una forma de anestesia. Cómo los orgasmos pueden ser también súplicas mudas.
En este punto, la novela dialoga con una corriente literaria contemporánea —desde El amor del revés de Luisgé Martín hasta Clean de Alejandro Simón Partal— que aborda el deseo homosexual no como campo de celebración, sino como lugar de conflicto. Flashing Lights es, entre otras cosas, una exploración lúcida del coste emocional del deseo sin anclajes.
Estilo: prosa eléctrica con fondo melancólico
La escritura de Avellaneda es ágil, directa, a menudo poética sin quererlo. Hay frases que parecen salidas de una canción pop: “El amor me cae mal”, “El sábado por la noche se parece demasiado al lunes por la mañana”, “Todo lo que brilla me deja ciego”. No es una prosa elevada ni lo pretende. Pero sí está llena de hallazgos. De imágenes precisas. De ritmos que acompañan el vaivén emocional del protagonista.
El dossier de prensa define el estilo como “una mezcla de sinceridad y vértigo, de ternura y mala leche”. Y es una definición acertada. Porque el texto no se regodea en el drama, pero tampoco lo elude. Hay rabia, hay dolor, hay desengaño. Pero también hay momentos de belleza inesperada: una conversación en una azotea, un abrazo sin preguntas, un paseo de madrugada. Esos instantes salvan al personaje, y también al lector.
Autobiografía y personaje: ¿Quién habla aquí?
Aunque la novela no se presenta como autobiográfica, es difícil no leerla desde la figura pública de su autor. Juan Avellaneda —diseñador, personaje mediático, jurado en realities, rostro reconocible— irrumpe en el panorama literario con una obra que parece desnudarse. ¿Dónde termina el personaje y empieza el autor? ¿Es esto una confesión ficcionada o una ficción con sabor a verdad?
Esa ambigüedad no resta fuerza al libro. Al contrario, la potencia. Porque el lector se ve obligado a interrogar su propio deseo de verdad. ¿Nos interesa más el texto si creemos que es real? ¿Por qué nos atraen las confesiones? ¿Qué esperamos de un autor que viene del mundo del espectáculo?
Avellaneda juega con esa tensión. No da explicaciones. No se protege. No construye una voz literaria al uso. Escribe como quien deja una nota en la barra de un bar. Como quien no espera que lo lean, pero necesita decirlo. Y ese gesto tiene algo de admirable.
Recepción y debate
Desde su publicación, Flashing Lights ha generado una atención desigual. En medios generalistas ha habido entrevistas, perfiles, alguna reseña. En la blogosfera, sin embargo, ha encontrado lectores que valoran su honestidad y su estilo fresco. En Las chicas de los libros, por ejemplo, se le define como “una novela necesaria para entender cómo se vive (y se sobrevive) al deseo en tiempos de likes”. En Leer con tacones, se destaca “la mezcla perfecta entre vulnerabilidad y mordacidad”. En cambio, otras voces lo han tachado de “escrito apresurado” o de “producto más que obra”.
Pero quizá esa discusión forme parte de su naturaleza. Flashing Lights no busca el aplauso académico. No quiere ser alta literatura. Quiere ser leído, sentido, compartido. Y lo consigue. Porque conecta con un malestar difuso, con una sensibilidad generacional, con una forma de estar en el mundo que aún no tiene nombre.
Luces que parpadean, pero no ciegan
El título de la novela funciona como metáfora central. Las luces intermitentes —esas que anuncian fiesta, excitación, velocidad— son también luces que deslumbran, que impiden ver con claridad. El protagonista vive bajo ese parpadeo constante: la atención, el deseo, la aprobación. Pero en el fondo, lo que busca es oscuridad. Un lugar donde poder llorar sin testigos. Una cama sin espejos.
Esa tensión entre lo visible y lo invisible, entre el brillo y el vacío, recorre todo el libro. El éxito —como dice el narrador en un momento— es solo una forma elegante de estar solo. Y la moda, con toda su capacidad de transformación, no puede vestir las heridas internas.
Conclusión: una novela que arde rápido, pero deja huella
Flashing Lights no es una novela perfecta. Tiene momentos de exceso, de repetición, de desorden. Pero también tiene verdad. Tiene estilo. Tiene una voz que no se parece a otras. Y sobre todo, tiene algo que escasea en la literatura contemporánea: emoción.
Juan Avellaneda ha escrito un libro valiente, incómodo, necesario. Un libro que no pretende gustar a todos. Que no da lecciones. Que no se protege. Y que, por todo eso, merece ser leído.
Es posible que dentro de unos años lo veamos como el inicio de una carrera literaria. O tal vez no. Pero lo que está claro es que este libro no pasa desapercibido. Como las luces de neón, atrae y duele. Ilumina y confunde. Parpadea. Y en ese instante, algo se enciende en el lector.











