Hasta no hace demasiado tiempo se hablaba de la Gran Depresión de 1929 como referente de la quiebra de los sistemas económicos; en aquella ocasión, fue suficiente el desplome en aquella semana negra de la bolsa de Nueva York para poner fin al equilibrio que parecía haberse logrado en los felices años 20. La economía mundial es tan frágil que se basa en algo tan evanescente como la confianza, y cuando esta flaquea todo se puede venir abajo. Esta casuística no ha variado en 80 años, pues esa misma falta de confianza ocasionó la quiebra de Lehman Brothers en 2008 y el inicio de una crisis mundial de la que parecíamos estar saliendo hasta la llegada de la Covid-19 hace unos meses.
Ahora las economías mundiales añaden a la falta de confianza un factor real y tangible como una enfermedad global, que de no mediar pronto remedio, puede colocar al mundo al borde del colapso según algunos analistas, porque ya van dos veces en pocos años en las que estamos muy cerca de perder el status de riqueza y progreso del que hemos disfrutado durante decenios, al menos los que no hemos conocido guerras cerca.
Pero cabría preguntarse: ¿no constituye un reduccionismo interesado e inj
usto hablar de que el mundo puede estar al borde del colapso? ¿De qué mundo hablamos? Porque aquí tendría cabida la vieja reflexión cervantina “Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener”. En efecto, nos olvidamos a menudo de que no todos nuestros congéneres comparten los mismos recelos. Me temo que los habitantes del tercer mundo no entienden bien nuestros temores: no podremos salir a los bares como quisiéramos, ni ir de vacaciones a la costa con tranquilidad. Pero nuestras mascarillas nunca nos impedirán hacer tres comidas al día. Los parámetros para catalogar las situaciones como críticas son tremendamente subjetivos. Lo que vale para un mundo no sirve para el otro. Yo creo que no estaremos realmente en crisis global hasta que no podamos perder nada porque nada poseamos, como les pasa a muchos que yo me sé, que llevan en colapso desde que han nacido. Su falta de confianza es de una naturaleza muy distinta, pues la crisis verdadera la padecen quienes siguen desplazados por una guerra cobijados en campos de refugiados; en otros casos, con un alto porcentaje de morir de malaria. Esa es la crisis de verdad, la de quienes sobreviven con menos de un euro al día, aunque no padezcan coronavirus –de momento-, como les ocurre a dos mil millones de semejantes. Si la nuestra es una nueva crisis de confianza, aunque causada en parte por un patógeno, qué verdad es eso de que la confianza da asco. Nuestras reiteradas crisis no solo son de confianza, sino de valores, porque sencillamente miramos más a Wall Street que a esos millones de seres humanos que están en una verdadera situación de recesión de la dignidad desde que nacen hasta que mueren.
El autor es columnista y escritor











