Por Julio Collado Nieto*
Un año más, la vuelta al cole saca a relucir las quejas por la carestía de los libros de texto y por el exceso de vacaciones veraniegas. Muchas familias critican que los libros de texto son muy caros, que no sirven para los hermanos más pequeños y que la educación obligatoria debe ser gratuita incluyendo los libros de texto, según dice la Constitución. Sin embargo, otros piensan que, comparativamente, otros consumos familiares son bastante más caros teniendo en cuenta lo poco que duran (véase una ración de patatas revolconas y una cerveza) mientras un libro aguanta todo un curso y más. Eso sin tener en cuenta lo beneficioso del libro frente a muchos otros consumos instalados y poco recomendables como los juegos de azar, por citar alguno. Además, añaden que, para las familias más necesitadas, existen becas públicas y el programa Releo.
Desde mi punto de vista, sin embargo, el debate sobre los libros de texto se debía centrar, más que en su precio, en qué metodología exige una enseñanza del siglo XXI. O sea, la Comunidad Educativa debía intentar responder a preguntas como estas: ¿Son necesarios tantos libros físicos cuando podían combinarse con los electrónicos, la IA y los buscadores de contenidos y fuentes? ¿Es lógico acarrear los libros todos los días de casa al colegio y viceversa? ¿Por qué hay que tener 25 libros iguales (cada alumno con el suyo idéntico al del compañero) en vez de tener diferentes editoriales en las estanterías del aula y enseñar a consultar, comparar y buscar en sus páginas los contenidos tratados? ¿Esta última opción no sería mucho más económica al tiempo que serviría para conquistar una de las funciones fundamentales de la educación: aprender colaborativa y solidariamente y no solo de forma individual?
Incidiendo más aún en el sistema educativo como un proceso complejo y social y político, ¿no tendríamos que estudiar si no abrumamos a los estudiantes con excesivas asignaturas, con innecesarios contenidos, con irracionales horarios que causan muchas veces el desafecto si no el odio a las aulas? ¿Qué y cómo se puede enseñar con entusiasmo y provecho si la sociedad no valora en su justa medida la importancia de la educación en una sociedad democrática? Un ejemplo del poco valor que se da a la escuela es la crítica al precio de los libros mientras otros muchos consumos más caros y más superfluos son asumidos sin rechistar.
En cuanto a las vacaciones tan largas del verano y sus posibles efectos en el olvido de lo aprendido, como sostienen los que defienden su acorte, conviene plantearse algunas cuestiones. La primera es que hay que ver el calendario globalmente. España es uno de los países europeos con más horas lectivas pero mal repartidas: menos días lectivos, trimestres desiguales por acomodarse al calendario de fiestas religiosas y largas vacaciones veraniegas. Esto hace que los horarios diarios estén muy recargados con jornadas lectivas maratonianas que se amplían para más inri con clases particulares (más gasto y menos descanso). Por lo tanto, parece lógico que hay que mejorar el conjunto del sistema y deben ponerse a trabajar en ello, todos los agentes implicados: familias, alumnado, profesorado, sindicatos de enseñanza, parlamentos…
En cuanto al acortamiento de las vacaciones veraniegas sin más, no es buena idea mientras no se solucione un problema previo como es el estado calamitoso de la mayoría de los edificios escolares: aulas-jaulas con muchos alumnos, ventilación inadecuada, sin aire acondicionado y on patios sin sombras y con excesivo cemento. La mayoría de los colegios son lugares inhóspitos cuando llegan los días calurosos de junio y de septiembre. ¿Cómo alargar las clases en julio en estas condiciones? La Junta de CyL tiene un buen trabajo por delante.
Y es que tanto el tema de los libros de texto como el cambio de las vacaciones veraniegas exigen un análisis global del sistema. No se puede mover un palo de la caseta sin modificar la posición de los otros porque peligra la estructura. Ah! Y no se olviden que sin alumnas y alumnos, la Escuela o el Instituto no existen. Hay que plantearse seriamente cómo incardinar sus opiniones en este fundamental «negocio». De lo contrario, la desgana y el fastidio por asistir a clase se acrecentará entre ellos. Sin un porqué, sin un motivo, ninguna actividad tiene éxito. La educación, motor de la sociedad, menos.
*Julio Collado Nieto es maestro jubilado, escritor de libros infantiles, coordinador de Campañas escolares de animación lectora, articulista del Diario de Ávila, colaborador de La 8Ávila CYLTelevisión y monitor del taller Lectura, escucha y memoria de la Fundación Ávila. Ha colaborado también en múltiples antologías poéticas.











