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    Home»Cultura»Literatura»El día que les robamos las calles
    Literatura

    El día que les robamos las calles

    Emilio OrtizPor Emilio Ortiz7 de diciembre de 2020No hay comentarios10 Minutos de lectura
    foto con panel de televisión detrás
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    Si naciste en los setenta o en los ochenta, si merendaste chope o mortadela, si te curaron las rodillas con mercromina, creo que nos vamos a entender.

    “Compre su piso en la Urbanización Ronda del Obispo y disfrute con su familia de zonas ajardinadas, pista de tenis y salón multiusos. A tan solo veinticinco minutos del centro.” Este podría ser perfectamente un anuncio inmobiliario de finales de los ochenta, de los noventa o de los dos mil.

    portada todo saldrá bien con faja

    ¿Alguien quisiera pasar la infancia en un lugar así?
    Nací en 1974, la infancia y la preadolescencia la viví a caballo entre Barakaldo ( Bizkaya) y Parla (Madrid). En ambos sitios el barrio disponía de una especie de ágora que no era otra cosa que una plaza que compartían un par de bloques de viviendas uno frente al otro. En cada uno de los bloques había distintos portales desde los cuales a determinada hora de la tarde los niños salíamos para juntarnos en lo que llamábamos “el patio”.

    En el patio compartíamos chicles, regalices, cambiábamos cromos, puñetazos, tirones de pelo, y a veces costras con sangre en las rodillas, pero sobre todo vida, mucha vida y amistad.

    Vivía en la Calle Palencia nº 20 de Parla, en una de las ciudades dormitorio de Madrid. En los días normales nos sentábamos todos los colegas a jugar a las cartas en los escalones exteriores del portal. En los días extraordinarios, viajábamos lejos, muy lejos, al barrio de al lado, a unos doscientos metros, pero esto no se podía hacer demasiado a menudo porque o dabas o te daban ostias y una cosa eran las emociones fuertes y otra muy distinta ir de pringao.

    En mi barrio de Parla, cerca de la Calle Santander había unas rampas que a los niños del lugar se nos antojaban enormes. Supuestamente las construyeron para cumplir con el cometido de poder subir y bajar los carros de la compra y de los bebés. Nadie las usaba para eso, tenían una inclinación vertiginosa y resbalaban que te cagas. En 1980 “Material antideslizante” podría ser perfectamente el nombre de un grupo de la Movida, ¿Pero un producto de construcción? No, en absoluto.

    A aquellas rampas ni se nos pasaba por la cabeza llamarlas rampas, eran los terraplenes. Nuestras madres también los conocían, casi tanto como nosotros, pero por motivos distintos. Ellas cosían los pantalones que los niños agujereábamos allí. Sí, antes los pantalones se cosían. Sí, antes solo los cosían las madres.

    Que un amigo te ofreciera ir a los terraplenes era como si te invitasen hoy día a Disney World, con la diferencia de que allí te divertías de verdad. Lo normal era tirarnos a lo bestia. Según qué pantalón usáramos lo podíamos hacer incluso sin utilizar ningún accesorio. Nos subíamos a lo más alto, posábamos el culo y a disfrutar de la fuerza de la gravedad, pero si tus culeras no eran lo suficientemente deslizantes había que utilizar algún cartón o trozo de madera. Esto no lo hacíamos para evitar dañarnos sino para pillar más velocidad. Lo más loco era hacerlo con un monopatín, pero no todos los niños del barrio teníamos uno. Si pasaba por allí algún chaval que dispusiera de alguno, era la caña.

    El monopatín circulaba por todas las posaderas de los chicos. Los terraplenes también se podían bajar a lo kamikaze, corriendo, lo malo de esto era no poder parar ya que tras el primer terraplén había otro y la velocidad te llevaba hasta éste. Frenar no salía gratis en muchos casos, habitualmente terminábamos con las rodillas en el suelo o con las palmas de las manos desolladas para evitar que nuestra nariz impactara contra el pavimento, si salías indemne te podían considerar el rey del barrio por un día.

    En el patio había unos materiales muy raros, quizá si has nacido antes de los noventa te suenen sus nombres, hierba, tierra y cemento. ¿Sabéis que la hierba deja mancha?

    Llegábamos del patio, (porque del patio no se venía), del patio se llegaba como quien llega del tajo, del curro, del trabajo, de la fábrica, manchados hasta las cejas.

    Claro que nuestras madres nos regañaban, pero creo que aún no se llevaba mucho eso de prohibir o yo por lo menos no lo recuerdo. Sí, antes solamente regañaban las madres, los papás estaban en la bodega. Que no en el bar, aclaro.

    A partir de las cinco de la tarde el día era nuestro, a esas horas nos comíamos todo con ganas. No fuimos la generación que vivió la guerra ni la consecuente hambre de la posguerra, pero sí que representamos la última generación que no elegía la merienda. Chope, mortadela, salchichón, margarina con azúcar, jamón serrano, ¿Jamón serrano? No, esto se me ha colado de otro artículo, pido mil perdones.

    Recuerdo el primer día que le pregunté a mi hija qué quería de merendar, me sonó raro y ahora entiendo porqué. A nosotros no nos preguntaban, acudíamos como salvajes corriendo por el pasillo desde la habitación hasta la cocina en un piso de ochenta metros cuadrados como si éste midiese seiscientos al grito de, ¡La merienda!

    Hace un par de años subía las escaleras del portal camino a casa, me crucé con un niño, mi perro guía se le comió el bocadillo. Pensé que le había jodido la vida al chaval o al menos la tarde, pero el muy cabrón se rio.

    En mi casa éramos dos, mi hermana y yo. La merienda nos la ponía nuestra madre. Plas plas, plato contra mesa, plato contra mesa y nosotros podíamos dar gracias por tener una madre joven y moderna, ya que tenía amigos cuya merienda no llegaba a conocer ni plato ni mesa, el bocata pasaba de la mano de la madre al del chiquillo como un relevo de atletismo. Rebanada de pan, Nocilla, rebanada de pan y sal corriendo que le toca a tu hermano. Si la familia era numerosa, se ponían en fila para trincar el bocata, la hora de la merienda estéticamente hablando se parecía más a una tarde en el talego que a un acto familiar.

    Cuando mi perro se comió el bocadillo del chico le pedí perdón, riéndose me dijo que se alegraba, que no le gustaban los bocadillos. Me enteré en ese instante que existen niños en el mundo a los que no les gustan los bocadillos, este problema debería tener operación.

    Yo era de los que aprovechaba un momento de bajada de guardia de mi madre para llevarme el bocata al patio, no había tiempo que perder. Jugábamos al póker, un amiguito cuyo padre era ludópata nos enseñó. Esto lo copié para crear parte de un personaje de una novela, “Todo Saldrá Bien”, quedaba algo inverosímil, pero era más verdadero que la luz del día.

    De todas formas sin póker también sabíamos vivir, jugábamos a las cartas a veces con barajas incompletas. Si no había juegos nos los inventábamos y si no, entrábamos a casa a por las peonzas, las canicas o las chapas.

    Como teníamos la enorme suerte de contar con un material tan innovador como lo era la tierra, en el patio nos inventábamos circuitos de carreras con la arena. El método de construcción consistía en poner las manos unidas por los dedos corazones arrastrándolas por la superficie a modo de excavadora, creando surcos cuyas formas en rectas y curvas, moldeábamos a capricho. Teníamos literalmente el mundo en nuestras manos y a nuestros pies. Si nos aburría ese circuito, enseguida lo borrábamos con la suela de la zapatilla y construíamos otro diferente. Las chapas unos días eran corredores de ciclismo y otros pilotos de Fórmula 1, según el ánimo.

    Hasta los sentimientos de los niños eran distintos, te partías la cara con tu mejor amigo y en media hora uno de los dos invitaba al otro a realizar el ritual de “reconciliación”, ¿Hacemos las paces? Nos dábamos la mano y al lío.
    No todos los niños tenían bicicletas, balones, monopatines, pero en la calle se compartía todo. Yo de hecho aprendí a montar en una bici que le tomé prestada a un amigo. Con una mano en el manillar y la otra en la pared, tras un millar de raspones di mis primeras pedaladas.

    Saltábamos vallas, escalábamos muros, nos colábamos en naves industriales abandonadas. Teníamos percances, claro que sí, pero por entonces todo se arreglaba con mercromina. Las urgencias de los hospitales las visitábamos en caso de que hubiera que dar puntos.
    –Señora, ¿El brazo derecho del niño?
    –Ah, se le ha debido caer en la ambulancia, cuando hemos salido de casa tenía los dos doctor.

    Los niños íbamos solos a jugar al parque, sin la compañía de nuestros padres. Los peligros y los monstros que habitaban las calles eran igual o peores que los de ahora. De niño me crucé con yonquis, delincuentes comunes y con pederastas. A los pertenecientes a los dos primeros grupos incluso les dábamos conversación y ellos a nosotros, nunca nos enseñaron nada malo, todo lo contrario, no hagáis lo que yo hago nos decía alguno. De los del tercer grupo huíamos, salíamos por patas, los calábamos enseguida, tan siquiera habíamos escuchado hasta entonces el término pederasta

    Recuerdo uno de los momentos más felices de mi infancia. Fue una tarde que coincidí con un colega, creo que lo había conocido ese mismo día, tan siquiera nos volvimos a juntar.

    Había de todo, amistades eternas y amistades efímeras, pero igual de intensas. El padre del chaval tenía un camión de esos cuya parte trasera es metálica y está al descubierto, lo tenía aparcado en la calle, me lo enseñó, trepamos hasta él y estuvimos dentro unos minutos. La superficie se me hacía inmensa, quizá porque mi cuerpo era pequeño y mi imaginación muy grande. Disfrutamos de la adrenalina que nuestras glándulas suprarrenales liberaban al pensar que el camión podría arrancar, echar a andar y que apareciésemos en media hora en la otra punta de Madrid.

    Hoy día si un niño hace esto o se pelea con otro, lo llevan al psicólogo, si viene manchado de la calle, se le prohíbe regresar a ese sitio, si viene con una herida en la rodilla, se abre una comisión de Investigación en el barrio.

    Pertenezco a la última generación que sufrió los peligros de las calles, pero que también las disfrutó y aprendió mucho de ellas.

    Pertenezco a la generación de adultos que diseñó unas ciudades propicias para encerrar a los niños en urbanizaciones similares a las del anuncio ficticio que he insertado al inicio de este artículo.

    Pertenezco también a la generación de padres y de madres que acompañan a sus hijos cuando son pequeños al parque, a unos espacios construidos con materiales mullidos que evitan que el niño pueda herirse o ensuciarse.

    Somos la generación de los padres que preguntan a sus hijas qué desean merendar, que les buscan actividades extraescolares, que desprecian el derecho al tiempo libre y a la pereza que todo niño quizá debería tener.

    Pertenezco a la generación que les robó las calles a las niñas y a los niños.

    Me declaro aquí y ahora un ladrón de sueños, de riesgos, de vida en esencia.

    ¿Te bajas a jugar al patio?

    Emilio Ortiz.

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