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Autor: Salvador Cortés Cortés
No me hagas más de comer, que yo manejo poca hambre, que me sitúo en el alambre de no quererte o querer. Si tu cuerpo quiero ver desnudo desnudo en el mundo; si mi apetito es profundo, dame una oportunidad. Suave y dulce majestad, busco tu pliegue yo me hundo.
Sujetó fuertemente su cabeza, y la besó en la boca, la besó. No pasó la cosa de eso, pasó que yo los vi: me quedé de una pieza. Ya lo olvidé, ya no tengo certeza. Oigo palabras de amor, oigo yo; escribo palabras de amor, quién no: es la memoria, debo hacer limpieza. Recibí el mensaje, lo leí y releí; tu mensaje, tan amable agradable: nunca pensé, no, ser tratado así. Te has enamorado, deja que te hable. No se sabe, puede que te dé un sí; en todo caso, digo es formidable.
Y bajo la luz lunar el mes pareció pararse, la semana congelarse en esta noche sin par. Se acabó tanto luchar; ya me tumbo en este prado, ya prefiero estar parado en mi alegre oscuridad. Si te quise fue verdad, pienso al fin abandonado.
Como cada noche yo me pregunto, y esta es una pregunta muy importante; cabría aquí así un debate interesante pues es bastante peliagudo el asunto. Tendría que exponerlo punto por punto, aunque puede no saliera adelante; incluso creo que no sería elegante pues es delicado ver todo junto. Es la vida tan difícil tan perra; pero vamos a lo que vamos, venga, que queda poco tiempo en la posguerra. Y qué era, que la pregunta intervenga. Cada noche que duermo en esta tierra en silencio puede que un sueño tenga.
De haberlo visto no estoy muy seguro, ni siquiera sé si eso sucedió; aunque me dijeron que alguien lo vio, aquí, la verdad, choco con un muro. Hay otras versiones, en salud me curo: tan grave fue la cosa que me hirió, y eso que no fue a mí a quien sucedió; pues si no lo cuento hasta me da apuro. Que no fue un invento, que no, qué va; el problema, te quieres enterar, es que no saben de lo que hablo ya. Suelto el lápiz que luego he de enterrar en el cauce del río seco y será…
Me vienen a la mente tantas cosas; cosas y más cosas, cosas y tantas, que de verdad os digo no sé cuántas, y mis palabras no son talentosas. Vengo de unas labores fastidiosas; al cabo me esconderé entre las mantas: sin duda las pesadillas farsantas surgirán con sus tramas laboriosas. Son días, fechas, días muy tremendos estos; se adornan las calles y me da igual: no me encuentro los sonetos compuestos. Porque quizá todo es superficial, menos lo mío cuando los dedos puestos en el móvil, dan letras, literal.
A veces pienso a veces muchas veces, más podría incluso escribir que a menudo, es tercer verso y desde luego dudo, si es en este otoño cuando apareces. Pero lo admitiré y lo haré con creces, hasta me dirán que he sido muy rudo; y dirán que se hizo lo que se pudo, que hay más sal y así se mueren los peces. Esta noche limpia y clara estrellada los primeros fríos ya me han visitado: me he tenido que abrigar obligada. No sólo espero que te haya gustado, es que espero que no haya una algarada: te diré adiós…
Sobre la arena tus pasos; siendo mi ánimo tan frágil, siendo tu mente tan ágil, mis esperas son fracasos. Llevo aquí varios ocasos; duermo aquí, resido aquí, y ni te acuerdas de mí: aquel que te rescató. De las olas te sacó; la razón fue un por que sí. No hemos quedado citados; lo sé, ya lo sé, por eso no vienes a por el beso: hemos quedado enredados. Corazones congelados; el tuyo el mío, ningún otro; no es la tortura del potro desmembramiento feroz. Es del alma el duelo atroz, asemejándose a esotro. Escribo a nadie, lo siento, porque…
Por esta acera yo despacio andaba, mirando los naranjos, los gorriones; los vehículos pasar y los peatones, estando donde un poco antes no estaba. Pero iba notando que algo faltaba; y no siendo ni estas mis intenciones, por la ausencia de nuevas emociones, empecé a idear algo; qué, qué pasaba. Era mi propósito extravagante, algo único con fuerza inimitable, que me hacía dirigirme hacia delante. Pensado con dureza formidable, hasta un límite del que soy ignorante; bastaba con verlo aquí aunque no se hable.
Es que cuando viene a verme, ella a mí nunca me ve: ve a otro hombre del que yo sé pueda un poco parecerme. A veces quiero atreverme a pedirle alguna cita, pero esa idea se me quita porque me siento pequeño. No sufro si aquí lo enseño, y confieso que me excita. Imaginarla yo quiero en su total desnudez: lo hago con testarudez, sabéis a qué me refiero. Sin embargo yo prefiero algo vivo y bien caliente, y satisfactoriamente calor humano y acabar. Confiaré en este mi azar, será lo menos prudente.



