Autor: Salvador Cortés Cortés

Hay dos rascacielos en construcción; testigo en primera fila, directo, pues ocupo un lugar propio, perfecto, soy de los avances, la ejecución de tan grande obra y en mi imaginación me veo contando a todos, ya provecto, utilizando un mi habla más correcto, batallas aunque sean de mi invención; y oigo el ruido de la obra cada día; como un puzzle se erige la fachada, ahí las grúas, incansables, se diría, manejan los hilos de la atareada labor de elevación; qué tontería; en la ciudad redonda; redondeada.

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Hace ya más de un mes que fui a bajar, por los escalones de mi edificio, cuando noté un dolor que es un suplicio. Pensé que no duraría el malestar: aún no me he podido recuperar. Tampoco es que ayude mucho mi oficio: mi rodilla no encuentra un beneficio en de pie las horas tener que estar. Dijo la doctora artrosis. «Adiós», me dije cuando salí caminando. Pero no estamos seguros los dos. Falta la radiografía estoy esperando. Entretanto hago vida normal. Los pajarillos por el parque volando.

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Uno, he cortado con mi novia. He cortado con mi novia. Después de trece años de relaciones, he cortado con ella. ¿O es ella la que ha cortado conmigo? No sé: hemos terminado. La ruptura se precipitó porque ella sintió celos de mi compañera de trabajo, mucho más joven que yo. «Podía ser mi hija», le dije. «Y yo, tu hermana», me dijo. En fin, un sin sentido. Por suerte, para ambos, en tantos años no habíamos construido un proyecto conjunto. Lo cual, ha facilitado las cosas. Ahora voy solo. No voy solo. No estoy solo. Estoy solo. Solo. Dos,…

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Dicen en las noticias: los contagios suben en el mundo; son las noticias: pocas veces gritaremos: albricias; más mal confirmarán nuestros presagios. Ignorando estos vulgares adagios, parecidos a ajadas estulticias, se celebran las fechas natalicias con abundantes y originales plagios. Querré que pronto la tercera dosis penetre en mi cuerpo, que me proteja, aunque no padezca yo de neurosis: también puede caer sobre mí una teja… No hay fin, mucho menos un apoteosis: la pandemia sigue sigue, no ceja.

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No estoy desvestida del camisón y él exhibe su cuerpo palpitante. No lo medito, doy un paso adelante, apago la luz de la habitación. Le digo que se acueste en el colchón y me desnudo en tan solo un instante. Mis dedos froto en su torso pujante; un beso pongo en sus labios, ya hay acción. Chupo y lamo, le deseo. Por querer que él suspire de gusto he de seguir, y dominar aqui y ahora su placer; su abdomen y cadera han de servir como asas para hacerle estremecer y a horcajadas sus quejas por fin oír.

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El viernes vuelve la feria del libro a Málaga, tras dos años de ausencia. Una vez por cada año su frecuencia: dos veces la anularon, bien calibro. Mis ingresos y gastos equilibro; es bastante claro, no es apariencia: no compraré, gastaré mi presencia, si es que voy: puesto al ralentí yo vibro, ¿la marcha adelante, la marcha atrás? No hay tensión sin saber qué pasará; infantil pulsión, de mí qué dirás. No sé, puede que a lo mejor…, qué va. Noviembre es el nuevo frío y éste no es más que un mes sin prosa que a alguien sonreirá.

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Mara camina ligera; tiene unas piernas potentes, bonitas y resistentes, pero no es mi compañera. Mara, que no, no se entera, es un poco regordeta, bajita, culona. Quieta nunca está, se mueve. Mueve las caderas, me remueve, pero no soy yo su meta. Mara me mira distante, y yo le miro los senos, pequeños aunque rellenos, pero no soy muy constante, sólo es cosa de un instante: Mara piensa que soy viejo. Yo a mí mismo me aconsejo no cavilar demasiado. Sobre un amor no esperado, ni expectativa manejo. Mara, que es buena mujer, sabe de mi soltería. Intuye lo…

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Yo a los hombres aborrezco que solo mi cuerpo quieren. Sé que muchos me prefieren porque yo me lo merezco. Mas, verás, así decrezco, me rebajo, soy un florero. Si me dices «yo te quiero», y es sólo para poseerme, mejor prefieras ni darme tu número, sé sincero. Yo, que adoro a las mujeres, te entiendo a la perfección. No tengo yo la intención de poseerte viendo que eres un bellezón. Si tu quieres, podemos vernos más veces; quedar, hablar… me pareces de fliparte los museos, de gustarte los paseos; lo que desees, me enloqueces. Tampoco ay seas aburrido, tú…

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Los escapatrajos están aquí; venido han, sin duda, para quedarse, mas no pasa nada, no hay que inquietarse: se les soporta, decídmelo a mí. Son raros, deformes, feos y aun así, aunque fueras de lo común, sin darse importancia, no suelen propagarse: molestan un poco, déjenlo ahí. A menudo hablan de conspiraciones; de un nuevo orden mundial sin libertad, de los illuminati o los masones; dicen que miremos la realidad. ¿Del ser humano y sus aspiraciones, no saben nada, por casualidad?

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«¿Solo en este banco estás?, dime, ¿te hago compañía?, voy por aquí cada día, (Silencio) ¿contestarás?». «Contestaré, poco más, un deseo, que te mejores, vienes, molestas, errores son los tuyos, pocas bromas». Se refrescan las palomas, ahí junto a los aspersores. «Yo molestarte no quiero, he intuido tu soledad y me he dicho sin maldad, este tipejo es un cero». «¡Menos algo!, soy sincero, que siento en pecho mordiscos e incrustados obeliscos, para el caso ahogo mis llantos». Aves del paraíso y acantos, palmeras y malvaviscos. «Puede que sea una manía o un defecto hereditario, es de lo más ordinario,…

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