La 43ª edición del Festival de Teatro de Málaga entra en su segunda fase con una apuesta por la comedia de enredo más afilada. ‘La Verdad’, la obra que ha aterrizado en la cartelera malagueña, se sostiene sobre un equilibrio brillante entre la risa y el cinismo, demostrando que, a veces, la honestidad es el camino más corto hacia el desastre matrimonial.

El peso de la representación recae sobre un Joaquín Reyes, actor de comedia que se adueña del escenario desde el primer minuto. Reyes interpreta a Miguel, un mentiroso patológico que ha convertido el engaño en una arquitectura vital. Lo más destacable de su actuación no es solo la entrega del texto, sino su comedia física: esas facciones que se tensan ante la inminencia de ser descubierto y ese lenguaje corporal que transmite un nerviosismo eléctrico, contagiando las carcajadas a un público que disfruta viendo cómo el protagonista se enreda en su propia red.
Un laberinto de espejos y traiciones envuelve la trama que nos presenta a dos parejas atrapadas en un juego de espejos donde nadie es quien dice ser. Miguel, en un ejercicio de equilibrismo moral, intenta convencer a su amante de que la mentira es, en realidad, el pegamento que mantiene la paz conyugal y la felicidad. Sin embargo, la obra gira hábilmente para mostrar que él no es el único jugador; su esposa Laura y el resto del círculo también dominan el arte del ocultismo.
El elenco que acompaña a Reyes es fundamental para mantener el ritmo frenético de la pieza: Natalie Pinot, Raúl Jiménez y Alicia Rubio completan un cuarteto actoral con una química impecable, logrando una «comedia elegante» que no necesita de chistes fáciles para mantener el interés.
’La Verdad’ termina siendo un recordatorio divertido y algo cruel de que, en las relaciones modernas, la ignorancia puede ser la única forma de convivencia posible. Un arranque de gran altura para esta segunda etapa del festival.

Si ‘La Verdad’ apelaba a la carcajada, ‘Tres noches en Ítaca’ —encargada de abrir este segundo tramo del festival— lo hace al corazón. La obra sitúa al espectador en una remota casa frente al mar jónico, donde las hermanas Ariadna, Penélope y Elena se reencuentran tras la muerte de su madre, Alicia, una apasionada helenista que decidió vivir sus últimos años en el exilio griego.
Podemos decir que nos enfrentamos a tres perfiles, tres formas de duelo. El texto brilla al desnudarlas culpas y los reproches que surgen tras la pérdida. Las interpretaciones de Cecilia Freire, Marta Nieto y Amaia Lizalde construyen un mosaico familiar complejo.
La hermana triunfadora que huyó de sus raíces y ahora enfrenta el juicio de quienes se quedaron. La actriz marcada por el fracaso y las adicciones, que bajo su etiqueta de «oveja negra» esconde, paradójicamente, el vínculo más profundo con la madre. Y la hermana que representa la cotidianidad y el sacrificio silencioso.
Es una obra que, inevitablemente, hace brotar las lágrimas en quien ha experimentado la ausencia de una madre, obligando al público a reflexionar sobre esas conversaciones que nunca se tuvieron y los «porqués» que quedan sin respuesta. Destaca su impecable factura visual. Con una escenografía bañada en un blanco absoluto, la obra utiliza el espacio de forma magistral. Aunque la estructura es minimalista, el uso de la narración y proyecciones de vídeo permite que el público «vea» las estancias invisibles de la casa: la cocina, las habitaciones o el jardín de Alicia. Esta técnica de «escenario dividido» obliga al espectador a completar el cuadro con su imaginación, logrando una atmósfera envolvente donde lo real y el recuerdo se fusionan de manera redonda.

‘Constelaciones’: Experimento y realidades paralelas una coproducción del Centro Dramático Nacional y Barco Pirata que apuesta por la experimentación desde antes de que se apaguen las luces. La obra arranca con un singular sorteo entre seis parejas de actores —en esta ocasión encabezadas por David Pérez Bayona y María Pascual—, donde el azar decide quiénes interpretarán a los protagonistas y quiénes asumirán el rol de músicos.
Bajo el prisma de la física cuántica, la pieza explora la relación entre Marianne y Roland a través de los universos paralelos. El texto juega con la repetición: vemos cómo un mismo encuentro puede derivar en múltiples destinos según las decisiones tomadas o las palabras dichas. Este ejercicio narrativo se vuelve especialmente complejo al abordar temas de gran calado ético, como la eutanasia, mostrando reacciones opuestas que van desde el apoyo incondicional hasta el reproche por egoísmo.
Pese a lo ambicioso de su propuesta visual y su estructura no lineal, la obra se siente por momentos reiterativa, quedando más como un ejercicio de estilo que como una pieza de la solidez dramática que vimos en las jornadas anteriores. Una mención necesaria por su riesgo formal en un festival que aún tiene mucha tela que cortar.
Con estas tres propuestas —la maestría cómica de Reyes, el desgarro emocional de las hermanas en Ítaca y el juego cuántico de ‘Constelaciones’—, el Festival de Teatro de Málaga reafirma su eclecticismo en esta 43ª edición. Pero esto no es todo; el telón seguirá subiendo con nuevas historias que analizaremos en las próximas entregas.


