Sharm el-Sheikh, Egipto — En una ceremonia histórica celebrada este lunes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció la firma del acuerdo de paz entre Israel y Hamás, marcando el fin oficial de la guerra en la Franja de Gaza. El pacto, mediado por Egipto, Catar y Turquía, contempla la liberación de rehenes, el retiro progresivo de tropas israelíes y el ingreso masivo de ayuda humanitaria en los próximos días.
Aunque el anuncio ha sido recibido con alivio por la comunidad internacional, las preguntas que emergen tras la firma son tan profundas como urgentes: ¿cómo será el futuro de los gazatíes tras años de devastación? ¿Quién reparará los daños infligidos a una población civil inocente, ajena a los grupos armados, que ha padecido lo que muchos califican como un genocidio? ¿Cómo se encajará la posibilidad de dos Estados en un escenario marcado por el dolor, la desconfianza y la destrucción?
Un acuerdo de paz que detiene la guerra, pero no el sufrimiento
El acuerdo contempla la liberación de 47 rehenes —vivos y fallecidos— y la retirada de tropas israelíes a una línea acordada. Se espera que más de 400 camiones de ayuda humanitaria ingresen diariamente a Gaza durante los primeros cinco días posteriores al cese del fuego. Hamás, por su parte, ha solicitado la liberación de 2.000 prisioneros palestinos como parte del intercambio.
Sin embargo, la reconstrucción de Gaza no será solo logística. La Franja ha sido arrasada: hospitales, escuelas, viviendas y centros culturales han sido destruidos. Más de 14.000 niños han muerto o están en riesgo de morir por hambre, según informes humanitarios. La población civil, ajena a los grupos armados, ha sido víctima de bombardeos indiscriminados, desplazamientos forzados y un colapso total de servicios básicos.

Netanyahu: ¿triunfador o responsable?
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha celebrado el acuerdo como “un gran día para Israel” y ha agradecido a Trump por su liderazgo. Sin embargo, su figura queda marcada por una paradoja: aparece como el arquitecto de la paz tras una ofensiva militar que dejó miles de muertos y una ciudad en ruinas.
Para muchos observadores, Netanyahu emerge como un “triunfador sobre una masacre”, lo que plantea serias dudas sobre la legitimidad moral del proceso. ¿Puede un líder que ha dirigido una campaña militar de tal magnitud ser el garante de una paz duradera? ¿Cómo se equilibrará su rol en futuras negociaciones sin que se perpetúe la impunidad?
Justicia, reparación y equilibrios frágiles
La reparación de los daños infligidos a la población gazatí no puede limitarse a la reconstrucción física. Se requiere un proceso de justicia restaurativa, que reconozca el sufrimiento de las víctimas, garantice el acceso a derechos básicos y promueva mecanismos de reconciliación.
El equilibrio en la región sigue siendo frágil. La desmilitarización parcial, el retorno de desplazados y la vigilancia internacional serán claves para evitar una reactivación del conflicto. La ONU ha instado a todas las partes a “respetar plenamente” los términos del acuerdo y garantizar el acceso sin obstáculos a la ayuda humanitaria.
¿Dos Estados en un solo horizonte?
El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, ha expresado su esperanza de que este acuerdo sea el preludio de una solución política permanente que conduzca al establecimiento de un Estado palestino independiente. La comunidad internacional, incluida la Unión Europea, Francia y España, ha reiterado que la solución de dos Estados es la única vía sostenible hacia la paz.
Sin embargo, la viabilidad de esta solución depende de factores complejos: fronteras seguras, reconocimiento mutuo, garantías internacionales y voluntad política real. La paz no puede construirse sobre ruinas sin justicia.
Una salida social y participativa: el camino de la noviolencia
Desde una perspectiva noviolenta, el acuerdo debe ser solo el inicio. La paz duradera requiere participación ciudadana, educación para la convivencia, empoderamiento comunitario y respeto por los derechos humanos. Las voces de los gazatíes deben ser escuchadas, no solo como víctimas, sino como protagonistas de su propio futuro.
La reconstrucción debe incluir a mujeres, jóvenes, líderes locales y organizaciones civiles. Solo así se podrá romper el ciclo de violencia y construir una paz que no dependa de líderes militares, sino de sociedades resilientes y comprometidas.
Sigue nuestras noticias


