Por: Germán Osmar González
Vivimos un momento donde parece natural que la única forma de organizarnos sea competir por recursos escasos detrás de fronteras armadas. El multilateralismo cruje: el Consejo de Seguridad paralizado a vetos entre EE.UU., China y Rusia, guerras que se resuelven por fuera de toda norma como Ucrania, Gaza y Sudán, y una escalada de sanciones, aranceles y rearme que llega hasta el Atlántico Sur y la Antártida. Hacia adentro, esa fractura se traduce en desestructuración y en la imposición cotidiana del sálvese quien pueda.
Frente a ese clima, el Nuevo Humanismo propone rescatar experiencias que al día de hoy nos acompañan. No como consigna inspiradora o aspiración new age, sino como hechos políticos concretos que lograron perforar esa lógica.
Desde una perspectiva Siloista, se observa que hay períodos en que una nueva sensibilidad irrumpe y hace visible que otra convivencia es posible. El Humanismo Universalista llama a esos períodos “momento humanista”. Y destaca además que solo se consolidan cuando otros los retoman y los profundizan en lugares distintos, contagiando por reconocimiento y no por imposición. Esa dirección no va hacia la uniformidad que impone un centro para unificar mercados, sino hacia lo inverso: pueblos que, sin renunciar a su diversidad, tejen cooperación y tienden a la convergencia. Sin dudas la imagen que orienta ese proceso es la Nación Humana Universal.
Si seguimos esa huella, vale preguntarse si pueden leerse en ese mismo trayecto histórico dos hechos del siglo XX que abrieron otra forma de llegar a acuerdos. Aunque no se trata estrictamente de momentos humanistas, sí podemos tomarlos como indicadores de ir en esa dirección.
El primero es el Tratado de Svalbard, firmado en París en 1920. Le reconoce a Noruega la soberanía sobre un archipiélago que era tierra de nadie, pero con dos condiciones inéditas: desmilitarización total y derecho igualitario para los 46 firmantes actuales de residir, trabajar y explotar recursos.
El segundo es el Tratado Antártico, firmado en Washington en 1959. Reserva un continente entero para uso pacífico y científico, prohíbe bases militares y ensayos de armas, congela los reclamos territoriales y desde 1991 prohíbe la minería. Hoy lo sostienen 58 países, 29 con voz y voto.
Es importante aclararlo: estos no son momentos humanistas en el sentido estricto que le da el Humanismo Universalista, porque no surgieron desde la base social. Silo no los incluye entre los que menciona del siglo XX. Svalbard nace de un problema minero y de la necesidad de ordenar más de cien reclamos. En la Conferencia de Paz, con Alemania y Rusia excluidas, a Inglaterra y EE.UU. les convenía entregarlo a un aliado neutro e inofensivo antes que dejarlo como base naval rival.
La Antártida nace de un cálculo similar de Guerra Fría. Tras el éxito de cooperación científica del Año Geofísico Internacional de 1957, Eisenhower propone congelar la disputa por soberanía y desmilitarizar el continente para evitar que se vuelva campo de pruebas nucleares con la URSS.
Como decíamos al no tratarse de momentos humanistas puros, justo por eso importan. Ya que para resolver problemas inmediatos tuvieron que inventar formas que no existían: soberanía sin exclusión, un continente sin ejército, recursos compartidos.
Ahora bien, que estas fórmulas hayan sobrevivido no quiere decir que estén exentas de tensiones y que no tengan sus limitaciones, por ejemplo: Svalbard tensionado por la disputa OTAN-Rusia y por la renta de su mar, la Antártida con una gobernanza elitista. Sin embargo, esa forma sobrevivió. Más de cien años uno, más de sesenta y cinco el otro. Atravesaron la Segunda Guerra, la Guerra Fría y la unipolaridad.
Si desde arriba, incluso con fines estratégicos, fue posible acordar acciones mundializantes de este tipo y sostenerlas en el tiempo, cabe el interrogante de si no estamos frente a indicadores que marcan la posibilidad de la Nación Humana Universal.
Si bien no son modelos a copiar, podemos tomarlos como intersticios por donde ver el futuro.
Tomado de Pressenza










